sábado, 12 de abril de 2014

¿QUE SIGNIFICA SER MASON?

SIETE MAESTROS MASONES

¿De dónde vengo? ¿Quién soy? y ¿A dónde voy?. Preguntas que se plantea todo masón en cada etapa de su proceso iniciático, y que invocan a Mnemosine, diosa Memoria, indispensable para que devuelva el recuerdo, olvidado, de la Verdadera Identidad.

Conócete a ti mismo

dice la máxima hermética, origen y razón de todos nuestros trabajos, sacrificios, búsquedas, estudios y más altos propósitos, que, de llevarlos a término, nos convierten en verdaderos héroes por las dificultades que este proceso implica, sobre todo el combate a muerte propiciado por Marte, dios de la guerra y el rigor intelectual, contra la falsa identidad, la ignorancia, los falsos egos, la inercia, la gravedad, la ilusión; permitiendo que la Luz de la Inteligencia nos fecunde haciendo inteligibles los Misterios del Ser, penetrando en el tiempo mítico, y fundiéndonos así en el fuego de la Unidad.

Primero habrá que remontarse al Origen, Divino, no profano, o sea, al Artífice, al G.·. A.·. D.·. U.·. cuyo Pensamiento todo ha concebido y concibe eternamente y que a través de su Sabiduría, el Verbo o la Palabra, produce el Fiat Lux fecundando con sus Chispas Divinas, en su Inteligencia Receptiva, la Potencia de Crear, dando ésta a su vez un Orden a toda la creación que se despliega por medio del movimiento, manifestando así sus atributos. Es decir, habremos de remontarnos a los Principios, a la Ontología, a la Tri-Unidad del Ser de donde emanan los tres principios: el activo, el receptivo y la unidad que los genera, une y conjuga, imprimiendo el Orden y las Ideas Arquetípicas en cada uno de los tres planos o mundos jerarquizados en los que se manifiesta el tiempo como una imagen móvil de lo Eterno, dividiendo el espacio que es uno solo, dando forma a todos los seres y las cosas, concretándolos en la materia.

Este discurso, es posible gracias a una Doctrina, una Enseñanza y una Iniciación verdadera en los Misterios del Ser, que Isis vela y revela, y que por la Gracia del Espíritu, el soplo Divino, anima la materia muerta, fecundándola y haciendo posible que esa Luz que yace oculta dentro de la nuez o semilla, en las profundidades de la tierra, bote su cáscara y germine "dándose a luz" a sí misma, iluminando esa alma que habrá de volver a su origen atraída por aquello que reconoce como semejante, devolviéndole la Memoria de su Origen Divino; fecundándole con el ardor o amor por su verdadero Padre, olvidado en el descenso a lo múltiple y fragmentado, uniendo la Tierra, que le ha nutrido, al Cielo, por la atracción ejercida por el Principio de donde nunca se ha salido más que ilusoriamente.

La unidad se manifiesta a través de números, pues está escrito que

Dios hizo todas las cosas con número, peso y medida.

Este movimiento, a manera de una escala descendente por medio de la cual se manifiesta la unidad, también se puede ver en la serie numérica. Esta fragmentación de la unidad en lo múltiple la podemos observar claramente en el desarrollo de los primeros nueve números que manifiestan todo lo creado.

Los números son portadores de ideas-fuerza que permiten comprender la estructura y orden cósmico; nos indican cualidades del ser, medidas y proporciones que nos describen el desarrollo del discurso del Creador y la ruta de retorno a la unidad que todo lo contiene y que a su vez es inmóvil pues no hay nada fuera de ella. Es la primera determinación que al manifestarse lo hace polarizadamente en dos opuestos, o sea por una vertical que se refleja en la horizontal cruzándose en el centro formando una cruz, los que se conjugan y unen en este último siendo esa la dinámica de todo lo creado.

El número cinco es por excelencia el número del compañero.

El cinco está ubicado en el centro de los primeros nueve números lo cual lo signa como un intermediario entre la unidad o punto, y el nueve, circunferencia o periferia de la rueda, o sea, que viene a ser un número central donde se conjugan las dos polaridades: espíritu y materia, sintetizándose en perfecta unión; razón por la cual es el número con el que se identifica al hombre, siendo a éste a quien le toca unir Cielo y Tierra, arriba y abajo, en el centro de su ser. Visto bajo esta perspectiva podríamos decir que el cinco resulta de la suma del primer número par o sea el dos, femenino, y el tres, primer número impar, masculino, debido a lo cual es llamado "nupcial" por los pitagóricos, ya que efectivamente une y conjuga en sí estos dos principios.

Desde otro aspecto más elevado el cinco también nace de la suma de la unidad con el cuaternario o sea como la Quintaesencia o Eter que reúne en sí a los cuatro elementos desde donde emanan hacia afuera retornando a él, y a los cuatro mundos o planos que coexisten en el hombre; punto central, axial y polar de donde todo emana y a donde todo vuelve, sede o habitáculo de la unidad en el hombre, la Ciudad Celeste donde habitan los inmortales, los dioses y donde se sintetizan en Uno solo. También se puede ver a la Quintaesencia como la proyección vertical del punto desde el centro del cuadrado hacia el cenit, y polarizándose en dos opuestos desde esa sumidad hacia la base formando un triángulo que en el plano vendría a ser un cuadrado con un triángulo superior, imagen del Templo; en lo volumétrico, podría verse como un cubo con un triángulo equilátero con base cuadrada a modo de una pirámide superior formando una Piedra cúbica en punta, símbolo de la Perfección de la Obra.

El hombre, al poder ser inscrito dentro de una estrella de cinco puntas, y ésta a su vez dentro de un círculo, nos señala la analogía entre macro y microcosmos, o sea, que el hombre no sólo está contenido dentro de la totalidad simbolizada por el círculo, marcando sus límites que son análogos a los del macrocosmos, sino que siendo un espacio análogo, abarca todas las posibilidades en él contenidas. En otras palabras, podemos decir que el hombre está creado a imagen y semejanza del cosmos entero. Si buscamos con el compás el centro de esta figura veremos que éste se ubica en los genitales señalando de esta manera su potencia generativa y creadora, capaz de reproducir en sí mismo todo el orden cósmico. Esto nos conduce a considerar el lugar central que ocupa el hombre en el cosmos sintetizándolo todo en el centro de su corazón.

Podemos decir que aquel iniciado que ha logrado, a través de múltiples pruebas, estudios y trabajos pulir su Piedra bruta haciéndola poco a poco cúbica perfecta, ha comprendido que su verdadera función es restituir en sí mismo el lugar central que le ha sido dado y que le corresponde según el plan del G.·. A.·. D.·. U.·.. Su verdadero propósito es retornar a su origen divino y tomar conciencia de la divinidad en él y así poder unir la Tierra –todo ese mundo según lo perciben los sentidos, transformándolos,– al Cielo, a la realidad verdadera, divina y eterna en el centro de su ser donde el tiempo se detiene y asiste a las nupcias reales, simbolizadas por el resultado de la suma de los dos primeros números par e impar (2 y 3). Nupcias propiciadas por Venus y Amor generando un nuevo mundo análogo a aquel del Creador; o sea que no sólo une en su centro las dos energías cósmicas, positiva y negativa, sino también lo alto y lo bajo y lo de atrás y adelante, es decir, el pasado y futuro en el siempre presente donde el tiempo no es más que espacio único.

Como masones hemos recibido un legado revelado desde tiempos inmemoriales continuando así la cadena invisible de la Tradición de todos los tiempos –transmisión de la Sabiduría Perenne– resguardada en Occidente en la Masonería, recipiendaria de este tesoro del cual somos, a su vez, guardianes, receptores, conservadores y transmisores. De aquí la responsabilidad que nos toca conservando la Doctrina en toda su verdad y transmitiéndola a aquellos que aún tienen oídos para escuchar.

Al compañero le toca una función intermediaria, esto es, ayudando a aquellos aprendices que precisan de su apoyo y ánimo para continuar labrando su Piedra bruta dentro del orden que su grado precisa. Por otro lado, el compañero ayuda en todo lo posible al maestro haciendo cualquier trabajo que le sea requerido de buena gana y con amor. Sabemos que el trabajo por el trabajo mismo es un sinsentido, pero el trabajo encaminado al conocimiento de sí mismo y a la Gloria del G.·. A.·. D.·. U.·., glorifica al masón. Así lee el Recipiendario al final de su Quinto Viaje:

¡Gloria al Trabajo!

Con ese ánimo debemos emprender nuestras labores, aunque sabemos que las circunstancias de la vida muchas veces se nos presentan adversas.

Gracias a las herramientas que el Recipiendario recibió en sus Cuatro Viajes, dado que el Quinto y último lo efectuó con las manos vacías, ha podido seguir el camino vertical emprendido como aprendiz. Con la ayuda del Mazo y el Cincel, herramientas con las que hasta entonces había pulido su Piedra bruta, ahora rectifica, confirma y hace suyo lo aprendido y siendo uno con ello se encamina a transformarse en Piedra cúbica Perfecta. Nos recuerda el Muy Ven.·. Maestro:

Aprended a conocer bien vuestra profunda naturaleza, para no mentiros nunca a Vos mismo… deberéis des-arrollar vuestros cinco sentidos, porque constituyen el medio indispensable de control para esta búsqueda, como también son los útiles necesarios para la toma de contacto con el exterior.

Con la ayuda de la Palanca, en la que puede apoyarse con las dos manos, el ahora compañero multiplica su fuerza que hará posible se establezca y fije lo logrado hasta entonces, elevándose a lo más alto moviendo aquellos obstáculos de una vez por todas, ya que como dice el Ritual:

… una voluntad inquebrantable, inteligente y desinteresada triunfa de todos los obstáculos.

Esta voluntad guiada por la Regla que recuerda la ley, la norma y direccionalidad a seguir, nos muestra la manera como hemos de emprender nuestra construcción:

… sed una Columna viva que se eleve hacia lo alto, sin dejar de apoyarse en la Tierra que os ha dado la vida. Seréis así uno de los pilares inquebrantables de nuestro Templo.

La Plomada y el Nivel nos recuerdan que la verdad es vertical y que para que este edificio pueda elevarse, el terreno deberá estar perfectamente nivelado, o sea, que la tierra deberá estar a plomo con el Cielo para que la elevación del templo sea perfecta. Estas herramientas nos recuerdan las Artes Liberales de las cuales debe hacer uso el compañero en la penetración del Conocimiento del Ser, ya que estas artes y ciencias nos enseñan a conocer en profundidad el significado de la Palabra y del Logos espermático, el ritmo y la metría del cielo y la tierra, el movimiento de los astros, sus cualidades y los efectos que ejercen sobre los seres y las cosas, el devenir y todo el orden de lo creado, o sea las ideas y las formas por medio de las cuales se manifiesta el G.·. A.·. D.·. U.·., sin olvidar que siempre debe proceder con prudencia y modestia. Con la Escuadra, símbolo de rectitud e instrumento de arquitectura por el cual somos probados, podremos rectificar todos los ángulos de nuestra Piedra para que sea un cubo perfecto apto para ser colocado a la par de otras Piedras igualmente cúbicas, elevando así el Templo Universal a la Gloria del Gran Arquitecto.

Finalmente, la vista puesta en la misteriosa Letra G que resplandece en el centro de la Estrella Flamígera nos remite a considerar no sólo su ubicación central sino polar. Colocada, en el grado de compañero, en el lugar más elevado de Oriente entre el Sol y la Luna nos da a entender que esta Letra situada en el interior de la Estrella está simbolizando algo mucho más profundo y misterioso que lo que podría simbolizar cualquier palabra que empiece con la letra G latina, letra perteneciente a una lengua moderna. Recordando lo que nos dijo el Muy Venerable M.·. al ser esta Estrella desvelada:

Hermano Recipiendario, considerad atentamente la Estrella Misteriosa cuyos rayos luminosos llaman por primera vez vuestra mirada. En su centro resplandece la Letra "G". Es el gran símbolo del Compañero y, como todos los símbolos, puede ser interpretado de diversas maneras. Mencionamos, en primer lugar, la interpretación tradicional dada por los antiguos manuales: "El Gran Arquitecto, creador del Mundo entero, o bien el que ha sido elevado hasta lo más alto del Templo sagrado".

A nuestro entender, este símbolo podría considerarse como el Principio Supremo, la Luz Divina o el Sol oculto en el Universo1, la Estrella Polar de la cual pende la Plomada de la Deidad hasta el centro solar, o corazón del Hombre regenerado, de donde emana la revelación, la voz interior que guía al Compañero masón en los más profundos secretos, elevándolo por el eje hasta el Polo, a lo más alto del Templo, a la cúspide donde se funde en el fuego de la Unidad.

NOTA
* Este trazado pertenece al volumen de arquitectura: La Logia Viva, Simbolismo y Masonería, publicado por Ed. Obelisco, Barcelo.
1 René Guénon: "La Letra G y el Svástica", Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, págs. 103-106. Eudeba, Buenos Aires.

Algunas consideraciones que dependen de los "tres vértices del triángulo iniciático"

La fe, la esperanza y la caridad no son virtudes humanas. Son divinas, dones del Espíritu Santo, por eso son "teologales", o sea, que tienen que ver con el conocimiento de la Deidad, directo o indirecto. 

El orgullo, que por coagulante es individualizante, o viceversa, no puede acceder a ello, al referirse al cuadrado, o aún al cubo, pues éstos son limitativos respecto al círculo o a la esfera en lo tridimen sional, siendo que, en lo no extenso, el centro es al contrario lo que contiene todas las partes, o todas las extensiones de él mismo, que están incluidas en él y que no son, si se quiere, sino las prolongaciones de su reducción a una imagen por la mente refleja e individual. 

No obstante, esa realidad a escuadra es la afirmación de una realidad que siempre coincide con otra tan sólo simbólicamente en un punto, que no es ni una ni otra, y que por tanto es y no es un punto, o que cuando pertenece a la verticalidad efectiva es porque ha reducido a sí toda la extensión horizontal que procede de su reflejo dual. 

La libertad. Este es el estado natural (o primordial) humano. 

Todo lo que hace un pueblo tradicional es para ganar, conservar o mantener, su libertad, o sea, la libertad de los que (y de cada cual que) constituyen ese pueblo. Los que poseen mayor grado de libertad son los metafísicos, o sea, los realizados espiritualmente, por el conocimiento efectivo de la Identidad Principial y metafísica, o sea por el conocimiento de la Totalidad, o sea del Todo, de la Posibilidad Universal, o Infinito, lo No-finito. Lo que nunca pasará, ni cambiará de forma, porque no depende del tiempo y no posee forma, lo que no impide su revelación, ya que al contrario ésta es la que (o lo que) constituye el Mundo o Cosmos Arquetípico. 

En ese caso el No Ser es más que el ser. Todo es mejor en tanto que No Ser, es más perfecto. El Ser es una de sus posibilidades, o aspectos. Fundamental, pues es a través de El que se ordena, o es, el Cosmos. El que no es sólo el producto de una afirmación 'positiva' sino el de asimismo una posibilidad 'negativa'. 

El Ser, como Verbo, "que es Palabra en lo 'exterior' y Pensamiento en lo 'interior' " es formulación de sí mismo, o sea él mismo revelándose, es decir explicitándose y ocultándose, simultáneamente 'siendo' y 'no siendo', como el propio sol manifiesta, y también verdaderamente todos los planetas, o estrellas, luces directas del Logos. Cada una con cuatro planos de lectura, sin confusión. 

El símbolo de la cruz (vertical-horizontal) es entonces íntegramente universal, y el símbolo del mundo, no el de la primera forma, que es el ternario, (o aún el binario devuelto a la unidad, de la que no ha salido), o sea la 'Inteligencia' universal. La Inteligencia como principio, reconocida o no reconocida, señalada o no, en el testimonio secreto del espíritu, o del alma del iniciado. 

Por lo que el rito es una audición, y es por eso que es un rito, o un símbolo en acción. Una realidad sólo conocida por Aquél que la ha inventado. Por "el que se inventa a sí-mismo: Dios".

La simbología masónica

Los masones tienen un universo simbólico unido al proceso de conocimiento del ser. Con el tiempo, los masones se caracterizan por el uso de símbolos capaces de establecer una reafirmación de algunos principios que fortalecen los valores de sus practicantes. Para muchos, este simbolismo debe ser la clave fundamental para un misterioso conjunto de mensajes que cubriría una faceta oscura de esta sociedad. Sin embargo, esa postura de desconfianza y conspiración queda bastante distante del lugar que los símbolos ocupan en el universo masón.

Una parte significativa de los símbolos masónicos se calcula por los instrumentos empleados en la construcción civil. El sentido mayor de la construcción refuerza junto al masón la necesidad constante de perfeccionamiento moral, intelectual y espiritual. No por coincidencia, el proceso evolutivo del masón está dividido en varios grados asociados a un conjunto específico de símbolos. De esa manera, cada símbolo presente en cada grado tiene un significado especial.

Al contrario de lo que se supone, los símbolos no tienen una función ritual o comportan algún tipo de habilidad mágica. De hecho, una persona no podrá tener oportunidad de ver a un masón prestando homenajes o inclinándose ante símbolos. Los símbolos poseen la función de un texto que fue construido por el propio participante de la masonería. Con eso, el universo simbólico masón emite un mensaje que entrelaza con el proceso de reflexión y aprendizaje particular de cada seguidor.

Triangulo Masones

Uno de los símbolos más importantes de la masonería es el triángulo que porta un ojo en su centro. Este símbolo hace referencia al Gran Arquitecto del Universo, aquel ser de naturaleza omnisciente que todo lo ve y todo lo juzga. Oriundo de la antigua arte egipcia, ese símbolo tiene una fuerte conexión al poderoso principio creativo que organiza el Universo. Así, es equivocado pensar que la masonería se alía a una perspectiva deísta del mundo, pues ateos y agnósticos se pueden integrar a la hermandad de los masones.

Compas Masoneria

Otro símbolo importante de la masonería es la asociación entre la escuadra y el compás, imagen surgida en el siglo XVIII. La escuadra puede hacer referencia al cuadrado, al número cuatro o a la propia tierra. Ya, el compás, alude a la inmensidad de los cielos, al principio de unidad y al círculo. Unidos, escuadra y compás, emplean la función de destacar la importancia de la asociación indispensable y fundamental entre el mundo espiritual y el mundo material.

Paleta Masones

La paleta establece la representación de un importante principio para los masónicos. En la construcción, esa herramienta desempeña el discreto pero significativo papel de aplicar el mortero que promueve la unión entre las piedras. Lanzado al campo moral, esa herramienta pone de relieve la necesidad de amor y tolerancia entre aquellos que están unidos a través de los fundamentos de la masonería. En la medida en que pierden su forma de piedra bruta –otro de los símbolos masónicos– los fieles buscan la perfección entre sus huéspedes. De hecho, hay muchos otros símbolos que se utilizan entre los albañiles. A lo largo de los conocimientos y la experiencia en la masonería, estos símbolos sirven para extrapolar la dimensión fija de un significado de naturaleza invariable. Siendo el conocimiento del mundo y el autoconocimiento procesos de naturaleza dinámica, los símbolos masónicos coherentemente asumen ese mismo comportamiento.

Más sobre la Pascua

Pascua, en hebreo Pesah, significa "pasar más allá". El pueblo hebreo había heredado de los pueb los nómadas el rito de la pascua, mediante el cual se actualizaba la renovación cíclica del cosmos y la partida de los rebaños hacia los pastos de verano el día siguiente al plenilunio del primer mes lunar después del equinoccio de primavera. Los primogénitos del rebaño eran inmolados esa misma noche y su sangre esparcida sobre las cabañas, como acto de purificación y salvaguarda contra los peligros que amenazaban a la comunidad. Después en comida ritual se ingería la carne de los corderos y se danzaba saltando ritualmente como figuración del "pasar más allá". Era una fiesta pues de "tránsito" y consiguientemente de renovación cíclica del cosmos.

Fue, coincidiendo con la fiesta de la pesah , que el pueblo elegido de Dios, abandonó, por mandato de Éste, Egipto. El acontecimiento se relata en el Exodo con el anuncio de la décima plaga que sufrirá el pueblo de Egipto como sigue:

"Dijo YHVH a Moisés y Aarón en el país de Egipto: Este mes será para vosotros el comienzo de los meses (...) el día diez de este mes tomará cada uno para sí una res de ganado menor (...) el animal será sin defecto, macho, de un año (...) lo guardaréis hasta el día catorce de este mes y toda la asamblea de la comunidad de los israelitas lo inmolará entre dos luces. Luego tomarán la sangre y untarán las dos jambas y el dintel de la casa donde lo coman. En aquella misma noche tomarán la carne. La comerán asada, al fuego, con ázimos y con hierbas amargas (...) no dejaréis nada para mañana, lo que sobre al amanecer lo quemaréis (...) así lo habréis de comer: ceñidas vuestras cinturas, calzados vuestros pies y el bastón en vuestras manos; y lo comeréis de prisa. Es pascua de YHVH. Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto (...) la sangre será vuestra señal en las casas donde moráis, cuando yo vea la sangre pasaré de largo entre vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora (...) este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor de YHVH de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre."

YHVH hizo caer la décima plaga sobre Egipto al permitir así la salvación del pueblo de Israel en ocasión de la Pesah. Asimismo Cristo murió en ocasión de la Pesah. La Pascua judía preparaba así la Pascua Cristiana: Cristo, Cordero de Dios, es inmolado en la Cruz y comido en la Cena en la Pascua Judía, lo que es la Semana Santa. Trae así la salvación del mundo (su renovación cíclica), y este acto de redención se convierte en el centro de la liturgia cristiana y se torna en el dogma fundamental de la fe. Al igual que los corderos inmolados en sacrificio, a los cuales no se les debía quebrantar ningún hueso, sólo fue herido, y de la herida brotó sangre y agua, cumpliéndose así las escrituras y la palabra de YHVH, como relata el Bautista quien también dice "He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo."

Pero a diferencia del cordero hebreo el Cordero de Dios, sacrificado en la Pascua Cristiana, resucita de la muerte y trae consigo la salvación del mundo: Cristo es el maná: "... el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo"; es agua: "...quien tenga sed que venga a mí y beba"; es luz: "...yo soy la luz del mundo"; es vida, camino y verdad: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre si no es por medio de Mí". Recordemos que un Cordero se asienta en el centro de la Jerusalén Celeste y que en el Apocalipsis a Cristo se le designa siempre como el Cordero que con su sangre cumple la función salvadora. La acción del Cordero es pues solar, y luminosa y es asimilado por Guénon al dios védico del fuego Agni.

Pasión, muerte y resurrección son los estados sucesivos y a la vez simultáneos del camino iniciático. Con el sacrificio se re-crea el mundo, en virtud de que sacrificado y sacrificador se identifican entre sí y con el acto mismo del sacrificio. La sangre que surge del cuerpo sacrificado fecunda la tierra, que podríamos ver aquí como el corazón. Todos los mitos que hablan de un sacrificio en virtud del cual se re-crea el mundo, como el mito de Atis entre los latinos, el de Adonis entre los griegos, el de Tammuz en la tradición de Oriente Medio, llamado el "Universalmente grande" y muchos otros hacen surgir de la tierra fecundada por la sangre un dios de finita perfección que a su vez es sacrificado y retornado así a la unidad primordial. En los mitos este sacrificio toma forma de una castración de la parte viril de una diosa hermafrodita, como Cibeles en el mito de Atis que al ser castrada por Dionisios por orden del Olimpo emanó un chorro de sangre que fecundó la tierra de donde brotó una granada que al posarse sobre el regazo de Nana la fecundó, y de esta milagrosa concepción nació Atis, un ser de extraordinaria belleza que se castró en un ataque de locura provocado por Cibeles retornando así a la Unidad primordial de la cual había salido. La castración simboliza el dominio del mundo yetsirático por Atsiluth cuya sangre fecunda Asiyah para que renazca o se renueve cíclicamente lo manifestado. Pero todo ello no sería posible sin la "voluntad divina", designada en los mitos como "voluntad del mundo olímpico" y en la Biblia en el sentido de que Cristo vino a la tierra a cumplir la profecía, las Santas Escrituras, lo revelado por Dios, Su Ley. En el esoterismo hindú este hecho es relatado mediante el sacrificio de Purusha por los Devas que no son otra cosa que partes de él mismo. Es pues un auto-sacrificio; Cristo va voluntariamente a la pasión y muerte porque en él coinciden sacrificador y sacrificio pues es propio del Avatar descender al orden de lo manifestado, asumir la forma humana y mediante sacrificio restaurar el orden cíclico.

La Pascua celebra pues el misterio de la Redención en sus dos aspectos, muerte y resurrección. La muerte pascual la vive cíclicamente todo iniciado y forma parte de la simultaneidad en que acontecen los diferentes estados del ser.

Primavera y Pascua

Asistimos estos días al nacimiento de la primavera, plenitud y exhuberancia de las formas, florecimiento y derroche de luz. En la antigua Grecia, tras el equinoccio se rendía culto a Dionisos y los iniciados se abandonaban, como la naturaleza misma, a una jubilosa embriaguez, la cual era considerada como un estado de auténtica posesión divina.

Esto contrasta radicalmente con la oscuridad y aparente lugubrez de la Semana Santa cristiana, su dramatismo y temporal abatimiento nos recuerdan las tinieblas que cubren necesariamente cualquier cambio de estado.

El masón reconoce en ambos extremos la Vía, contempla su complementariedad viendo en la pasión concentrada en un punto de máxima contradicción, el reposo, y en la muerte una expansión gozosa.

La pascua, "el paso", nos enseña el estrecho y a la vez inmensamente libre sendero del Amor. La plenitud y la extinción son una misma cosa. Los misterios de la vida, la muerte y la Resurrección un único misterio.

Pascua quiere decir "pasaje o tránsito" en hebreo, y es innegable la resonancia simbólica que estas palabras tienen para nosotros, pues aluden claramente a la idea de pasar o ir de un lugar a otro, que es el sentido que también tiene la iniciación, concebida como paso o peregrinación de las "tinieblas a la luz", o de la ignorancia de los principios y sus leyes universales al conocimiento y conformidad a ellos. Esta idea también está presente en la masonería, y los distintos grados iniciáticos que conforman su estructura poseen "palabras de paso", gracias a las cuales y del conocimiento de lo que ellas significan, podemos ir "haciendo nuevos progresos" en la orden, los que han de coincidir necesariamente con nuestra propia realización interior.

En las tradiciones judía y cristiana, tan presentes en la masonería, la pascua constituye el rito por excelencia de la "renovación", tanto en lo que se refiere al ciclo anual y cósmico (pues coincide con el equinoccio de Primavera y por tanto con la regeneración de toda la naturaleza), como al espiritual, pues dicha "renovación" no es otra cosa que el "paso" de un estado condicionado a otro verdaderamente libre e incondicionado. Y esto se vive a diferentes niveles de uno mismo durante el proceso iniciático (sometido a las "disoluciones" y "coagulaciones" alquímicas), pero siempre el resultado de ese "pasaje" representará la liberación de ciertos condicionamientos y limitaciones, hasta que se logre finalmente realizar la Unidad, y con ella la Liberación total y permanente.

Por eso es importante, Queridos Hermanos, que nuestra Logia celebre esta noche la memoria del rito Pascual, y que además ello coincida en unos momentos en que la propia Logia está también en un proceso de "pasaje" y de "renovación", al haberse cumplido un ciclo de ella misma y estar abriéndose otro en el que nuevas posibilidades deberán ser manifestadas y desarrolladas, siempre en el Nombre y a la Gloria del Sumo Arquitecto, lo que la hará progresar (y con ella a todos nosotros) en las "vías que nos han sido trazadas". Sólo así la Logia será un refugio en el que los Hermanos realizan sus trabajos y estudios "a cubierto" del mundo profano, amparados en las ideas que la Tradición nos transmite a través de los símbolos y los ritos, y viviendo realmente lo que significa la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, que es, por cierto, mucho más que la simple "camaradería". Y para ello es fundamental que cada uno sepa "el lugar y el sitio que le corresponde", pues será a partir de ahí que la Logia reflejará verdaderamente la armonía del orden cósmico, reflejo a su vez de la Belleza, la Inteligencia y la Sabiduría del Gran Arquitecto del Universo.

La plomada y el nivel

Pudiera parecer en un primer acercamiento que estos elementos constructivos de tanta importancia en Masonería son sólo especificaciones a un nivel literal de unos símbolos de orden más elevado, la vertical y la horizontal, de los cuales derivan y a los que se vienen a superponer desde fuera, llegando incluso a enmascarar su imagen sintética.

Esto no es así. La simbólica estudia los diferentes símbolos, al mismo tiempo que observa su interacción y complementariedad; dichas relaciones conforman grupos o familias dentro de las cuales cada símbolo centra la atención en un aspecto determinado, arrojando luz sobre los demás.

En el caso de la vertical, la idea de axis o eje se ve enriquecida desde distintos ángulos. La escalera pone énfasis en la movilidad de energías, el descenso del flujo espiritual y el ascenso a través de los distintos estados del ser. La columna nos habla del soporte necesario para el sostenimiento del edificio, de la unión entre lo alto y lo bajo. El árbol lo hace de la jerarquía, plasmada en sus distintas partes: raíz, tronco y copa. La espada y la lanza, desde una perspectiva guerrera redundan en la imagen masculina de la acción esencial sobre la pasividad substancial. Todos ellos ven en la vertical, lo espiritual y celeste. Lo mismo ocurre por otro lado con los símbolos que bajo diferentes prismas, nos hablan de la horizontal como lo material y terrestre.

Esta riqueza de imágenes y vínculos propicia el despertar, en quien los contempla, de la parcela afín dentro de sí, por identificación entre el conocedor y lo conocido. Es precisamente con el reconocimiento de estas chispas o luces que se va configurando el itinerario de la periferia al centro; vía que cada cual va trazando al mismo tiempo que la sigue, diseñada por él y para él, y que siendo diferente a todas las demás –sobre todo al comienzo cuando elige las voces que parecen hablarle desde más cerca– se van haciendo progresivamente más próximas dado que conducen a un mismo fin.

Dicho esto conviene subrayar que estas correspondencias y analogías no deben confundirse con análisis detallados ni desembocar en sistema alguno, lo que aquí se contempla es algo vivo, la misma vida y no su fijación caricaturesca. Estamos demasiado acostumbrados a estancar lo que fluye, a compartimentar y fosilizar, haciéndonos impermeables a la verdadera naturaleza de las cosas y a su mensaje.

Toda imagen simbólica en última instancia puede asimilarse a la figura geométrica que representa, o lo que es lo mismo a un número, y a partir de éste a la unidad, de donde procede y desde la cual toda división, incluso la de la primera polaridad, es ilusoria. Pero esta verdad de orden metafísico, que considera al Principio desde el Principio mismo, no excluye que desde la manifestación todo símbolo tenga su razón de ser en cada plano de lectura y concretamente en el que se materializa, donde a través de los sentidos percibimos su carácter singular y comienza el mágico recorrido antes aludido.

En el caso de la plomada y el nivel es a través del rito constructivo, fundamento de nuestra Orden, que la vertical y la horizontal se ofrecen para la meditación.

La plomada o perpendicular consiste en una pieza de plomo que pende al final de un hilo, y aprovechando la fuerza de la gravedad marca la línea vertical. La tensión entre ambos extremos refleja la teoría hindú de los tres "gunas", cualidades esenciales presentes en todos los seres; aquí "tamas" viene expresado por el plomo, el más pesado de los metales, y su tendencia descendente hacia los estados inferiores. En oposición "sattwa" nos muestra la dirección a través de la cual el plomo, mediante sucesivas transmutaciones está llamado a ascender hasta su definitiva conversión en oro. La proyección de ese eje dentro de sí, da al iniciado la noción de rectitud y le permite rescatar el verdadero sentido de palabras como integridad, nobleza o virilidad, que en nuestros días se han vuelto insignificantes, o lo que es peor se entienden como algo externo, ligado a determinadas formas que encubren lo opuesto de lo que aparentan y tienen por tanto la marca de la falsedad. La auténtica virilidad es pues interna y se refiere a lo espiritual. Cuando un profano solicita su ingreso en la Masonería debe ser antes "aplomado", operación análoga a la que cada masón efectúa a cada momento consigo mismo, observando la distancia existente entre su centro y el centro del estado de ser; su libertad vendrá expresada por saber alejar las fuerzas centrífugas que le llevan a la dispersión y a la identificación con lo que deviene, y por un saberse sumar a las energías que le remiten al centro, la Unidad entera y sin par.

En la Logia, el 2º V. gobierna por la plomada y es el responsable directo de la instrucción de los HH. Aprendices, es pues desde los mismos cimientos que la construcción del Templo debe elevarse con rectitud, sin una base perfectamente orientada hacia lo más alto no hay crecimiento posible. El 1er. V. gobierna por el nivel y es el responsable directo de la instrucción de los HH. Compañeros. En este grado, el iniciado, pasando de la perpendicular al nivel, expresa su realización a partir del conocimiento de la actividad celeste, es decir que puede plasmar en la horizontal de su acción vital, "rajas" en la tradición hindú, la vertical intuida.

El nivel es en realidad una plomada suspendida del vértice de una estructura. Su función es marcar la horizontal, pero para ello es preciso que la vertical cruce el punto medio de su base, es decir el nivel no sólo presupone la plomada, sino que la contiene y es su resultado. Es imposible saber si una recta es realmente horizontal por ella misma, puede parecerlo y estar sin embargo sesgada, inclinada hacia cualquier aspecto o tendencia particular; la única forma de verificar su horizontalidad es comprobando que la plomada la atraviesa por su punto medio, es decir por su centro, fecundándola y haciéndola por tanto generosa y bella, reflejo de la Verdad.

El masón se expresará pues siendo consciente del eje que le anima, aspirando a realizar la unión de ambos instrumentos, síntesis que de hecho sólo realiza la escuadra perfecta, atributo del V. M., centro crístico de la cruz donde se resuelven las expresiones y las tensiones, morada de la Paz y el Silencio.

Elección de nombre simbólico

Escribe el maestro René Guénon en Aperçus sur l'Initiation que es consecuencia lógica inmediata de la iniciación, en tanto que segundo nacimiento, que "el iniciado reciba un nombre nuevo, diferente de su nombre profano; y ello no consiste en una simple formalidad, puesto que este nombre debe corresponder a una modalidad igualmente diferente de su ser, cuya realización se hace posible por la acción de la influencia espiritual transmitida por la iniciación" (cap. XXVII). Designar a un miembro de una organización iniciática por su nombre profano "será tachado de falsedad, poco más o menos como lo sería la confusión entre un actor y un personaje del que desempeña el papel, cuyo nombre se aplicase a aquél obstinadamente en todas las circunstancias de su existencia" (ibid).

En el Programa Agartha se nos dice que nombrar es dar existencia inteligible a las cosas, rescatando de ellas su identidad, su cualidad y su sentido más noble y universal. Esta facultad, que ejercemos al pronunciar un nombre simbólico, está otorgada por Dios y se vincula a la intuición espiritual. Con el nombre se atribuye función y destino al ser nombrado.

Siendo así, os ruego, QQ. HH., que queráis nombrarme H. Ermitaño a partir de ahora. El Ermitaño representado en la novena carta del Tarot anda en las tinieblas con la débil luz de un farol en la mano. Se diría que va en busca de la verdadera luz, al igual que todos los que hemos solicitado ser recibidos masones; su imagen proyecta en nosotros el recuerdo de que "no somos realmente masones hasta el día en que nuestro espíritu se ha abierto a la inteligencia de los misterios de la Masonería" (Ritual del primer grado simbólico). Como masón, mi destino no es otro que posibilitar la iluminación efectiva de mi corazón.

Nombrándome así, me estaréis llamando 9. Es el número de la circunferencia, cuyos puntos indefinidos no pueden existir más que a partir del centro, del cual son su reflejo aparente, y al cual deben retornar al concluir el ciclo. 9 es 32 ó 3 x 3; contiene pues, al número del Aprendiz, sobre el cual la Triunidad principial actúa y al cual eleva sosteniéndolo, como el báculo al Ermitaño.

El Ermitaño es símbolo de la interioridad, de los conocimientos ocultos, de la iluminación y la sabiduría, de la paciencia, de la perseverancia, del acallamiento de las pasiones; en definitiva, de lo que está en nosotros virtualmente.